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sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Por qué nos resulta tan difícil ser felices? El camino interior de la felicidad.

Resulta paradójico que en una cultura obsesionada con el placer y el individualismo nos cueste tanto disfrutar de una felicidad estable y duradera. A estas alturas de nuestra civilización tendríamos ya que haber descubierto esa piedra filosofal que nos permitiera avanzar.

¿Por qué sigue escapándose eso que tanto ansiamos los seres humanos? ¿No nos tendría que resultar más sencillo hacer realidad nuestro más anhelado deseo? ¿Por qué seguimos haciendo esfuerzos denodados por alcanzar esa felicidad pero parece que ella siempre corre más deprisa? ¿Por qué la gran mayoría simplemente renuncia a ella como algo que pueda perdurar y se conforma con sucedáneos efímeros?

Yo creo que en gran medida se debe a nuestra incapacidad para comprender la realidad tal y como es, sin engaños, sin edulcorantes, sin creernos lo que los medios de comunicación se empeñan en grabarnos, sin admitir los modelos desgastados de la publicidad, sin aferrarnos a la educación recibida, sin tomar nuestras creencias como verdades absolutas.

Hemos de empezar por cuestionarnos, por darnos cuenta si los hábitos, pensamientos y comportamientos que hemos utilizado desde que tenemos memoria nos siguen siendo de utilidad y nos colman como desearíamos. ¿Encontramos verdadera satisfacción con lo que hacemos y cómo lo hacemos? ¿Estamos abiertos a mejorar y seguir aprendiendo? ¿Tenemos la impresión de que la felicidad es algo que aún se nos escapa aunque en ocasiones sintamos que lo tenemos muy cerca?

El país de nunca jamás
La realidad es que el hombre está diseñado biológicamente para sobrevivir, no para ser feliz, es por eso que no es algo automático. La felicidad me parece algo totalmente factible, pero eso sí, requiere de gran trabajo interior. Esas son las malas noticias. ¿Las buenas? Que podemos hacer algo para remediarlo.

Todo lo que pretendamos que desde fuera nos llene está abocado al fracaso. Las personas, las circunstancias y los objetos que nos acompañan vienen y van, es lo natural en este mundo. No obstante, continuamos empeñados en hacer perdurar aquello que es mutable en esencia. Aspiramos a vivir en El país de nunca jamás, seguimos siendo como esos niños que jamás maduran, y así es muy difícil cimentar las verdaderas bases de nuestra felicidad. Nos equivocamos gravemente en cuestiones de fondo, ni siquiera de forma. Confundimos el fin con los medios: el dinero, la familia, el trabajo de nuestros sueños, la pareja ideal…

Lo tomamos como cuestiones que colmarán nuestros vacíos, y sin embargo, cuando por fin lo logramos, seguimos teniendo la molesta sensación de que aún falta algo en la ecuación.

La verdadera felicidad es esa que dura y perdura, esa que nos inunda de serenidad, esa que nos establece anclados en la tierra y unidos con el cielo, esa que nos interrelaciona con otros seres humanos, esa que se mantiene a pesar de los descalabros y los baches, esa que nos infunde esperanza y nos permite comprender más allá de las apariencias, la que se va construyendo paso a paso, con constancia y confianza, con la claridad de saber que tiene mucho que ver con el aumento de conciencia y muy poco con el mundo material, mucho con la fe del que se sabe a contra corriente pero no se deja llevar por las modas ni la presión de la mayoría.

…Quien mira hacia adentro, despierta
Se puede acceder a esa indeleble felicidad cuando disponemos de la valentía de abandonar creencias que nos lastran y disolver miedos que nos atenazan, renunciar a las seguridades al intuir que son falaces y no aportan más que preocupaciones, cuando de verdad empatizamos con el otro desde su sufrimiento y su dignidad, cuando nos concentramos en el presente sin enredarnos en un pasado inamovible y unas inquietudes futuras que rara vez se materializan, cuando buscamos dar sin retribución y escuchar con compasión, cuando agradecemos cada regalo de la vida sin fijarnos en todo lo que aún nos falta, cuando caminamos desde el corazón y dejamos descansar la incesante charla interna, cuando abrazamos la realidad sin desesperarnos, cuando nos damos cuenta que la felicidad no es una meta sino un camino de crecimiento personal y espiritual. Quisiera, a modo de conclusión, recordar las palabras del gran Carl G. Jung para que no olvidemos que la felicidad es un viaje interior ya que:  “Quien mira hacia fuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.”

Autora: Mónica Esgueva.

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